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BLOG DEL LAICADO TRINITARIO DE VALDEPEÑAS

Laicado Noticias

Talitá Kum.

Talitá Kum.

¿A quién, dentro del mundillo de la pastoral, no le suena esta frase? Son las palabras que Jesús dirigió a una adolescente para devolverle la vida: “Levántate y anda”. ¿Has pensado alguna vez quién era? ¿Dónde vivía? ¿Cómo se sintieron sus padres en ese momento?

Talità kum cuenta la historia de Jairo, su padre, escriba y jefe de la sinagoga de Cafarnaún. La película tiene muchos méritos. Entre ellos, que está hecha por un grupo de jóvenes profesionales de Ciudad Rodrigo, convencidos de la validez de contar hoy historias como las del Evangelio a través del maravilloso lenguaje del cine. Otra virtud: saber reflejar en una narración de hace más de 2.000 años, los problemas y realidades más actuales (la lucha de poder, los malos tratos, la vida familiar, el prestigio social, la búsqueda de la fe...). Te invitamos a que encuentres más razones para verla y recomendarla....

www.talitatakum.es

Gestos de Semana Santa.

Gestos de Semana Santa.

A lo largo de toda la semana santa los cristianos celebramos la pasión, muerte y resurrección de Cristo iremos viendo a continuación poco a poco cuales son esos gestos que se realizan.Son muchos los que se asoman a la pascua y viven estos días con Jesús. Muchos los hombres y mujeres cuyos caminos se entrecruzan con ese camino de la cruz. Personajes que hablaron y actuaron mejor o peor dependiendo de las perspectivas bien diferentes que tenían.

En esa historia tremenda y profunda se conjugan temor y valentía, dolor profundo y egoísmos, generosidad y compasión… Gestos y palabras que reproducimos muchas veces en nuestras vidas. Más allá del tiempo. Gestos, palabras y silencios que descubrimos o intuimos, que proclamamos y compartimos. Gestos de pascua.

1. Lavatorio de pies.

"Se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ciñe. Después echa agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida” (Jn 13,4-5).

Dar descanso y alivio tras la fatiga del camino. Mostrarle al otro que es merecedor de una dignidad profunda, sea cual sea su situación. Invertir los rangos y categorías. Acariciar los cansancios. Despojarse uno de pompas y honras, de títulos y méritos, para vestirse la toalla de quien está dispuesto a cuidar del otro.

Es lo que haces tú, un Dios hecho hombre, un hombre que refleja Dios, y ese gesto genera sorpresa e incomprensión, resistencia y miedo. ¿Quién va a abrazar hoy esta lógica absurda? ¿Por qué hacerse pequeño y no grande? ¿Por qué agacharse para cuidar del sencillo?

2. Partir el Pan.

"Mientras cenaban, tomó un pan, pronunció la bendición,lo partió y se lo dio diciendo: “Tomadd, esto es mi cuerpo”» (Mc 14,22).

El pan que es la propia vida. Partir, repartir y compartir lo que uno tiene, lo que uno es, lo que uno sueña y siente. Dar tu fuerza y tu debilidad, tu ilusión y tu abatimiento, tu canto y tu silencio. Dar tu tiempo y tu mirada, tu riqueza y tu nada. Darte cada día.

Es lo que haces tú: el Hijo del Hombre; el Hijo de Dios, el Dios de rostro humano; el hombre cuya vida habla de Dios. Tú mismo te conviertes en don, en entrega, en regalo. Qué sorprendente forma de actuar en un mundo de brazos cerrados, donde, quien más quien menos, todos nos reservamos mucho.

3. Besar sin amor.

«Judas se acercó enseguida, le dijo “¡maestro!” y le dio un beso. Los otros le echaron mano y lo arrestaron» (Mc 14,45-46).

Pervertir un gesto que habla de vida, de confianza, de proximidad, y se convierte en señal de distancia, marca un abismo, sella un abandono y una traición. Pervertir la ternura, mentir con el cuerpo, abrazar negando.

Y en ese beso vacío se te rompe un poco el corazón. Como se te rompe cada vez que proclamamos tu nombre pero no hay evangelio en nuestras vidas. Cada vez que alguien niega a su hermano el pan o la vida. En ese beso mentiroso te estremeces por todo el dolor que desencadena. Y callas. Y te entregas.

4. Afirmar la vida.

Le preguntó el Sumo Sacerdote: “¿Eres tú el Mesías, el hijo del Bendito?”. Jesús respondió: “Yo lo soy”.

Ante quien haga falta. No negar, ni callar. Afirmar una manera diferente de ser de Dios. Afirmar la vida con tu palabra ante Caifás, «Tú lo has dicho». Con tu negación ante Pilato «si mi Padre no te hubiera dado poder…» o con tu silencio ante un Herodes frívolo y vacío.

Afirmas también en nosotros. Cada vez que descubrimos destellos de tu presencia. Cada vez que alguien habla de un amor infinito. Cada vez que alguien alza la voz y la vida para oponerse al que mata y hiere, al que excluye y desprecia. Cada vez que alguien prescinde de lo anodino y lo sin sentido.

5. Lavarse las Manos.

“Pilato pidió agua y se lavó las manos ante la gente diciendo: “No soy responsable de la muerte de este inocente. Allá vosotros” (Mt 27,24).

No querer saber nada. Apartar la mirada para no ver lo que duele. Pretender no ser responsable de las propias decisiones. Refugiarse en el olvido o en la ignorancia de quien no quiere que nada le salpique. Huir, al fin y al cabo.

Es lo que hace Pilato. Negar lo que es evidente. Acceder al abuso, aun sabiendo que es injusto, para evitarse problemas. Y así seguimos. Hoy esa negación se llama indiferencia; o se llama ceguera; se llama justificación de lo que no es posible. Nadie quiere ser responsable, pero tus hijos siguen muriendo en tantas cruces injustas…

6. Contemplar la cruz.

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María la Magdalena» (Jn 19,25).

Esa cruz en la que está clavado el Justo que lo da todo. Esa cruz en la que el liberador va a desclavar a todas las víctimas inocentes. Esa cruz de fidelidad y compromiso, de promesa y cumplimiento, de un amor incondicional y eterno que se derrama sobre cada ser humano.

Cada quién la contemplamos desde nuestras propias inquietudes. Y te descubrimos como modelo o como alivio, y sentimos que nos marcas un camino vital, o que nos miras con misericordia infinita. Te miramos, y de nuestros labios brota una plegaria de perdón, una acción de gracias inaudible, un grito de aliento, una sacudida de dolor o el silencio perplejo de quien se ve desbordado.

 

San Patricio.

San Patricio.

Si el próximo lunes alguno os encontráis a alguien disfrazado de verde o de duende por la calle, no os preocupéis. Seguramente sea alguien celebrando la fiesta de San Patricio. San Patricio es el Patrono de Irlanda, llamada la isla esmeralda por el precioso verde de los campos y las colinas que la forman. San Patricio vivió allí en el siglo V, aunque él era británico de origen romano. Los irlandeses lo habían capturado y lo habían llevado a Irlanda como prisionero siendo niño. Años después, consiguió escapar y volver a Inglaterra, donde fue nombrado obispo y descubrió que Dios le llamaba para volver a Irlanda (donde todavía había muchos paganos) a anunciar el Evangelio. Así lo hizo, y tan bien, que se hizo muy famoso y empezaron a surgir leyendas sobre él. Hoy es muy difícil saber qué es verdadero y qué falso de todo lo que se cuenta. Sí se sabe (lo cuenta él mismo) que hizo que muchas personas, ricos y pobres, conocieran a Jesús. También tuvo algunos problemas por no aceptar regalos de los personajes importantes. Una de las leyendas más bonitas sobre él es que utilizó los famosos tréboles irlandeses para explicar cómo Dios es a la vez uno y tres. Por eso siempre se le suele representar como lo véis aquí, con un trébol en la mano, o señalando a un grupo de tréboles.

Ante el Día del Seminario: urge mostrar a los jóvenes la verdadera libertad.

Ante el Día del Seminario: urge mostrar a los jóvenes la verdadera libertad.

«Pides una alternativa…»

«Querido Filemón»: así empieza monseñor Juan del Río, obispo de Asidonia-Jerez, la Carta a un joven inquieto, que ha escrito con motivo del Día del Seminario. Pero Filemón podría ser cualquiera de los muchos jóvenes de hoy que son producto de las nuevas esclavitudes. Como el Filemón al que escribió san Pablo, liberado por Cristo y así capaz, a su vez, de acoger a su antiguo esclavo Onésimo, el joven de hoy sólo en Cristo encuentra la verdadera libertad.Antes de nada, deseo recordarte que las dudas, vacilaciones y miedos no son buenos consejeros para la maduración personal de la vocación cristiana y sacerdotal. Estamos en tiempos recios que requieren claridad de mente, corazón seducido y valentía en las acciones. Los grandes cambios no vienen por las ideologías que prometen paraísos artificiales, ni por el poder de unos pocos, sino por la coherencia y la constancia de los testigos humildes que no se venden al mejor postor, sino que saben dar su vida por los demás.
Has conocido muy bien lo que da el mundo. Has vivido a tope tus años primeros de juventud. Atrás quedaron las enseñanzas religiosas de tus padres y tu paso por la catequesis parroquial. Quisiste saborear la noche,  sentir la fugacidad del placer, adentrarte en el enigma del amor humano. Has experimentado cómo el vértigo de la pasión ciega la mente, supiste del estrés que produce el triunfo a toda costa y cuántos amigos se tienen cuando hay dinero. Todo esto te ha dado mundología y no la felicidad, tantas veces arañada y tantas veces deseada. Eres, como tantos otros, un digno producto de las nuevas esclavitudes de esta cultura materialista que vive de espaldas a Dios.
Ahora, llamas a mi puerta, quizás sintiendo el suave impulso de la semilla de la fe que sembraron tus mayores cuando eras niño. Pides y buscas una alternativa a tu modo de vivir. Pues bien, el camino que te voy a mostrar no es políticamente correcto y tendrás que remar contra corriente. En esta vida, todo lo que es bueno, verdadero y bello exige sacrificio y renuncia. ¿Estás dispuesto? Entonces, abandona los miedos y abre tu corazón a Cristo.
Para empezar, no está mal que reconozcas el camino andado y la posibilidad de un futuro distinto. Has de saber que aquello que es imposible para los hombres es posible para Dios. Para salir de las esclavitudes del alma, tenemos que escuchar y dejarnos seducir por la voz de Aquel que antes que tú hables ya sabe lo que necesitas. Si hoy escuchas su voz..., has de responder con la prontitud del joven Samuel y la sinceridad y libertad de María.
La primera consecuencia es la conversión del corazón para que puedas amar a Dios y al prójimo como a ti mismo, en esto se sintetiza todo el cristianismo. Luego te alimentarás del pan de la Palabra y de la Eucaristía, para que te fortalezca en el combate de esta vida y alcances la felicidad eterna. Pero, además, si quieres dar el do de pecho con la entrega total de tu vida y ambicionas ser perfecto, «vende todo lo que tienes, y repártelo entre los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme». Es decir: puedes elegir el camino del discipulado de Jesús, haciéndote sacerdote para que nunca falten en la Iglesia y en el mundo hombres que prediquen el Evangelio, administren los sacramentos y presidan en la caridad nuestras parroquias. De esta manera, perdiendo la vida por Cristo, la gozarás en plenitud, porque, como dice Benedicto XVI: «Él no te quita nada y te lo da todo».
Querido Filemón, lo más original y hermoso que te puede suceder es que te enamores de Jesucristo y de su Iglesia, que te dones sin reservas a Él y que arda tu corazón en celo apostólico por la salvación de las almas.

+ Juan del Río Martín

Puentes, no muros.

Puentes, no muros.
El Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, ha sido recibido en audiencia por Benedicto XVI. Es la tercera vez que se abrazan y rezan juntos; la primera fue en Estambul, adonde el Papa viajó en 2006; la segunda, en Nápoles, con ocasión del Encuentro Internacional por la Paz. El diálogo con los ortodoxos es una de las prioridades del pontificado de Benedicto XVI. Bartolomé I ha comentado en Roma: «Como decía Juan Pablo II, los puentes son más importantes que los muros, y el amor de Dios abate todos los muros que hay entre los pueblos». El Secretario de Estado del Papa, cardenal Bertone, se ha encontrado estos días también, en Armenia, con el Patriarca Karekin II, Katholicós de todos los armenios. También fue un encuentro de oración y de unidad.

San José, esposo y padre.

San José, esposo y padre.

1. José y el carácter de Jesús

Chesterton, mejor que Papini, podía haber analizado, más que la manera de ser, la manera de decir de Nuestro Señor, muy peculiar, por ejemplo, cuando aprecia en sus interlocutores indecisión o tibieza. Como ocurrió en el Templo, cuando María le nombra a su padre. Tampoco transige cuando un nuevo discípulo le dice: «Señor, te seguiré, pero permíteme antes que me despida de los de casa». Le faltó tiempo a Cristo para responderle aquello de «quien después de haber puesto la mano en el arado, mira atrás, no es apto para el reino de Dios».
Muy fina también la contestación a la pregunta más perversa. Chesterton diría que «dad al César lo que es del César…» tiene la ironía inglesa. Julio Camba opinaría que, en esta contestación, Jesús se le antoja más que inglés…, gallego. Pero donde Cristo estuvo absolutamente gallego es cuando le presentan la moneda y a su pregunta, ingenuamente, les responde con otra pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?» Y cuando le contestan que es de César, les da la famosa respuesta.
¡Qué lástima no disponer de más datos sobre José, que tanta influencia debió de tener en la forja del carácter de Jesús, su hijo adoptivo! Sabemos que el carácter se adquiere y puede modificar el propio temperamento. Podía ser heredada de José, o aprendida de él, la forma, no desprovista de intención y de humor, de contestar a María. No quiero pecar de irreverencia, pero yo siempre he visto cierta sorna, o un poco de guasa, en la respuesta: «Qué nos va a ti y a mí», cuando su madre le dice en las bodas de Caná: «Señor, no tienen vino».Bien es verdad que, en Caná, Jesús iba de hijo y podía permitirse estas familiaridades y confianzas con su madre. Por cierto, la ausencia de José a esta fiesta hace creer que ya había muerto el esposo de María y padre putativo del Señor.
Si hemos adjudicado a José una edad algo más que doblando la de María, unos treinta y dos años cuando nace el niño, y Jesús tiene veinte en la posible fecha de la muerte del esposo de su madre, José muere con cincuenta y dos años. En ese momento, de acuerdo con esta estimación, la Virgen María tiene treinta y cinco años, y tendrá cuarenta y ocho cuando Jesús sea crucificado.
La imaginería que existe sobre este pasaje de la muerte de san José arroja poca luz sobre la incógnita. Ni la escena pintada en un bello lienzo por el pintor y fotógrafo vergarés Eustaquio Aguirreolea, en 1901, y que se conserva en la iglesia de San Miguel de Anguiozar, ni los dos cuadros firmados por Goya sobre este tema, pintados ambos en 1787, establecen unas edades muy determinadas, pero sí se aproximan a nuestra hipótesis.


2. Jesús pudo resucitar a José como a Lázaro, pero…

Los dos cuadros de Goya donde se retrata el tránsito -la Iglesia ha visto con buenos ojos esa presunción que deja abierta la opción de un cambio de vida más que una extinción como la de todos los mortales-, difieren bastante. Y más en el tratamiento pictórico que en el argumento de la escena. Uno de ellos, quizás el mejor, se encuentra en un museo norteamericano, el del Instituto Flint, en Michigan. El otro, en el que Goya recuerda un poco a Zurbarán, está -porque con ese fin lo encargó Carlos III- en la iglesia de San Joaquín y Santa Ana, de Valladolid.En ambos, san José agoniza, pero no se refleja patetismo ni gran dolor en las figuras de Jesús ni de la Virgen. El talento de Goya da cabida a la posibilidad de que nos encontremos ante un tránsito más que una muerte.
Y, ¿por qué no? Quien fue capaz, y nadie más lo ha sido, de resucitar muertos, ¿cómo no va a reservar a su padre otro tránsito? No es poca la gracia y el alto honor de morir en los brazos del Hijo de Dios y de la Madre de Dios, pero muy posiblemente Jesús no permitió  que muriera el que es hoy Patrono de la buena muerte y de los moribundos.
    El tránsito -para entendernos-, un billete directo a la Gloria, sin pasar por aduanas, es lo más próximo a la Asunción que había reservado para su madre. Era un premio para José más valioso que la propia resurrección. Los designios divinos son inescrutables, pero, en «aparta de mí este cáliz», hay testimonios de los sentimientos que afloraban en la humana condición de Jesús.
Quien rompe a llorar desconsoladamente cuando Marta y María le comunican la muerte de Lázaro, y, sin resignarse a la pérdida, le devuelve la vida a su amigo, ¿qué no va a hacer por su padre adoptivo, por el hombre que le ayudó a nacer en el establo; que veló su sueño en el pesebre; que le salvó la vida, llevándole a Egipto; que le enseñó el oficio de carpintero; que cuidó de él y de su madre, y que fue quien dio sentido y dimensión humana a la obra más perfecta de Dios en la tierra: la Sagrada Familia?
El destino, el predestino de José es equiparable en muchos aspectos al de María, pero sobre todo en lo que suponía la exigencia plena y absoluta de la virginidad. José lleva, desde el portal de Belén, hasta el día de su subida al cielo, la vara de nardo. Parece que la flor preferida de Jesús. Con óleo de nardos ungía los pies del Señor María de Betania. Pero nadie puede rivalizar con el honor, la gracia, que Dios concedió a José. A veces lo olvidamos. José es el primer ser humano que ve a Dios; cuando en el portal de Belén lo saca del vientre de María.

3. ¿Se corresponde nuestra devoción a San José con su dignidad y su misión?

La devoción a san José, complemento de la devoción a la Virgen María, puede tener una fuerte influencia en las familias cristianas; porque su paradigma, su modelo, es la Familia de Nazaret: Jesús, María y José. Hablo de devoción en el sentido que da el Vaticano II a la devoción a la Virgen María: a) conocimiento-fe ilustrada del santo Patriarca; b) amor hacia él, como padre virginal de nuestro Redentor, esposo virginal de María, padre espiritual de las familias y Patrono de la Iglesia universal; c) imitación de sus virtudes domésticas, de su santidad. Ésta es la figura, la imagen de san José que deben tener ante sus ojos y grabada en sus corazones los miembros de la familia cristiana.
San José no es un santo más del calendario de la Iglesia. Es un santo que está en el corazón de la Iglesia, porque es el esposo virginal de María, la Madre de la Iglesia, y es padre virginal del Hijo de su esposa, de Jesús nuestro Redentor, a quien le impuso el nombre, ejerciendo su oficio de padre, no sólo legal, sino virginal. ¿Por qué? Reflexionemos brevemente.
San José está incluido en el decreto eterno de la predestinación del misterio de la Encarnación. Ésta es una enseñanza fundamental del Papa Juan Pablo II, en su breve, pero interesante, Exhortación apostólica El Custodio del Redentor (Redemptoris Custos). Cuando la Virgen María recibe el mensaje del ángel sobre su elección y predestinación para Madre del Hijo de Dios -según la relación de Lucas-, estaba desposada ya con José, y «había sucedido así por voluntad de Dios» (Juan Pablo II). De aquí se deduce lo que dice el Papa: que «el hecho de ser ella la esposa prometida de José está contenido en el designio mismo de Dios», es decir, en el decreto eterno de la predestinación de la Encarnación.
Hay que afirmar, en consecuencia, que san José, padre virginal de Jesús, forma parte del objeto de la predestinación; ya que María fue elegida y predestinada para ser Madre del Hijo de Dios como virgen y desposada, no solamente como madre virgen, sino también desposada. Y la razón de todo esto está en que la encarnación del Hijo de Dios, y su nacimiento, debía realizarse en una familia, no sólo en una y de una mujer, sino en una familia, porque la mujer, la joven María, estaba desposada con José.
Es claro que la predestinación de la esposa incluye también la del esposo, máxime si se trata para una finalidad en cierto modo común, o compartida. Por eso la predestinación de María desposada, incluía la de su esposo José.
La dignidad de san José y su función en la obra de la salvación hay que deducirla de su pertenencia al misterio de la Encarnación, o del hecho de que forma parte del objeto de la predestinación de la Encarnación. Su función en la historia de la salvación es la que le corresponde al padre virginal (hay que desterrar el término putativo) al padre de la familia. En coherencia con esta consideración, el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Redemptoris Custos, dice, que, «para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José», e incluye las dos situaciones: María virgen y desposada.
El desposorio de la Madre incluye necesaria y esencialmente al esposo, a José. José no es una figura externa, remota o accidental en la Encarnación, sino interna, perteneciente intrínseca y esencialmente a la realización de la Encarnación, por disposición de Dios.
El puesto de José en la historia de la salvación es el más alto, al lado de su Esposa; el más alto y el más cercano a nosotros, como Patrono de la Iglesia universal. ¿Se corresponde nuestra devoción y la devoción de la Iglesia a san José con su dignidad y su misión en la Redención? Santa Teresa de Jesús la intuyó, y la vivió así. Dedicó al Santo, en agradecimiento de sus favores, casi todos sus ministerios. Ojalá las familias cristianas vivan y promuevan a su estilo la devoción al padre virginal de Jesús, esposo virginal de su Madre y Patrono de la Iglesia universal.


Dr. Enrique Llamas, ocd
Presidente de la Sociedad Mariológica Española


Encuentro Intercolegial Trinitarios 2008 en Valdepeñas.

Encuentro Intercolegial Trinitarios 2008 en Valdepeñas.

El día 14 de febrero se celebraró el tradicional Encuentro Intercolegial Trinitario, este año fue en el colegio de Valdepeñas. El Encuentro Intercolegial tenía como finalidad, desde hace veintitrés años, facilitar el conocimiento mutuo entre los diferentes colegios trinitarios y está dirigido a toda la comunidad educativa, de hecho suelen participar tanto alumnos como padres y profesores. El motivo de celebrar el Encuentro este día es por coincidir en él la fiesta de San Juan Bautista de la Concepción, Reformador de los Trinitarios. Así, aunque se comenzó a celebrar en su fiesta para dar a conocer su figura en nuestros colegios, poco después de su canonización, se ha llegado a convertir en un acontecimiento festivo en todos los centros y en casi un patrón para los mismos. Desde el Laicado Trinitario de Valdepeñas agradecemos que el Carisma de la Órden se difunda a los más pequeños de Nuestra Familia Trinitaria.

La identidad del laico Trinitario

La identidad del laico Trinitario

La Familia Trinitaria es una comunidad eclesial formada por clérigos, laicos, monjas, religiosos y religiosas que llevan el nombre de la Trinidad y reconocen como padre común a San Juan de Mata.

Juntos forman la “casa de la Santa Trinidad y de los cautivos”, comparten el carisma trinitario-redentor y desarrollan su misión: la glorificación de la Trinidad y la liberación de los “cautivos” de nuestro tiempo.

Desde los orígenes de la Orden, los laicos son parte de la Familia, y con su propio carácter secular y público, con diversas modalidades, encarnan el carisma de San Juan de Mata en el mundo.

El Proyecto de Vida que aquí proponemos los laicos, es común para todos, fiel al pasado y adaptado a las exigencias actuales de la Iglesia y de nuestro tiempo.

En él se hallan:
* Los rasgos característicos del carisma trinitario participado por los laicos;
* Las líneas esenciales de formación y de organización como medios para poner en práctica nuestro compromiso.

IDENTIDAD DEL LAICO TRINITARIO

Los laicos trinitarios, incorporados a Cristo por el Bautismo, participan en su función sacerdotal, profética y real y se consagran de forma peculiar a la Santísima Trinidad.

Guiados por la Regla de San Juan de Mata, asumida en el Proyecto de Vida del Laicado Trinitario, siguen a Cristo por los caminos del Evangelio, según el don recibido, tienden a la perfección de la caridad y manifiestan en la Iglesia y en el mundo la dimensión secular del carisma trinitario.

Según el propio estado de vida, viven su vocación laical en fraternidad y en comunión con todos los miembros de la Familia Trinitaria, procurando con todas sus fuerzas la gloria de la Trinidad y la redención de los hermanos.