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BLOG DEL LAICADO TRINITARIO DE VALDEPEÑAS

San Patricio.

San Patricio.

Si el próximo lunes alguno os encontráis a alguien disfrazado de verde o de duende por la calle, no os preocupéis. Seguramente sea alguien celebrando la fiesta de San Patricio. San Patricio es el Patrono de Irlanda, llamada la isla esmeralda por el precioso verde de los campos y las colinas que la forman. San Patricio vivió allí en el siglo V, aunque él era británico de origen romano. Los irlandeses lo habían capturado y lo habían llevado a Irlanda como prisionero siendo niño. Años después, consiguió escapar y volver a Inglaterra, donde fue nombrado obispo y descubrió que Dios le llamaba para volver a Irlanda (donde todavía había muchos paganos) a anunciar el Evangelio. Así lo hizo, y tan bien, que se hizo muy famoso y empezaron a surgir leyendas sobre él. Hoy es muy difícil saber qué es verdadero y qué falso de todo lo que se cuenta. Sí se sabe (lo cuenta él mismo) que hizo que muchas personas, ricos y pobres, conocieran a Jesús. También tuvo algunos problemas por no aceptar regalos de los personajes importantes. Una de las leyendas más bonitas sobre él es que utilizó los famosos tréboles irlandeses para explicar cómo Dios es a la vez uno y tres. Por eso siempre se le suele representar como lo véis aquí, con un trébol en la mano, o señalando a un grupo de tréboles.

Ante el Día del Seminario: urge mostrar a los jóvenes la verdadera libertad.

Ante el Día del Seminario: urge mostrar a los jóvenes la verdadera libertad.

«Pides una alternativa…»

«Querido Filemón»: así empieza monseñor Juan del Río, obispo de Asidonia-Jerez, la Carta a un joven inquieto, que ha escrito con motivo del Día del Seminario. Pero Filemón podría ser cualquiera de los muchos jóvenes de hoy que son producto de las nuevas esclavitudes. Como el Filemón al que escribió san Pablo, liberado por Cristo y así capaz, a su vez, de acoger a su antiguo esclavo Onésimo, el joven de hoy sólo en Cristo encuentra la verdadera libertad.Antes de nada, deseo recordarte que las dudas, vacilaciones y miedos no son buenos consejeros para la maduración personal de la vocación cristiana y sacerdotal. Estamos en tiempos recios que requieren claridad de mente, corazón seducido y valentía en las acciones. Los grandes cambios no vienen por las ideologías que prometen paraísos artificiales, ni por el poder de unos pocos, sino por la coherencia y la constancia de los testigos humildes que no se venden al mejor postor, sino que saben dar su vida por los demás.
Has conocido muy bien lo que da el mundo. Has vivido a tope tus años primeros de juventud. Atrás quedaron las enseñanzas religiosas de tus padres y tu paso por la catequesis parroquial. Quisiste saborear la noche,  sentir la fugacidad del placer, adentrarte en el enigma del amor humano. Has experimentado cómo el vértigo de la pasión ciega la mente, supiste del estrés que produce el triunfo a toda costa y cuántos amigos se tienen cuando hay dinero. Todo esto te ha dado mundología y no la felicidad, tantas veces arañada y tantas veces deseada. Eres, como tantos otros, un digno producto de las nuevas esclavitudes de esta cultura materialista que vive de espaldas a Dios.
Ahora, llamas a mi puerta, quizás sintiendo el suave impulso de la semilla de la fe que sembraron tus mayores cuando eras niño. Pides y buscas una alternativa a tu modo de vivir. Pues bien, el camino que te voy a mostrar no es políticamente correcto y tendrás que remar contra corriente. En esta vida, todo lo que es bueno, verdadero y bello exige sacrificio y renuncia. ¿Estás dispuesto? Entonces, abandona los miedos y abre tu corazón a Cristo.
Para empezar, no está mal que reconozcas el camino andado y la posibilidad de un futuro distinto. Has de saber que aquello que es imposible para los hombres es posible para Dios. Para salir de las esclavitudes del alma, tenemos que escuchar y dejarnos seducir por la voz de Aquel que antes que tú hables ya sabe lo que necesitas. Si hoy escuchas su voz..., has de responder con la prontitud del joven Samuel y la sinceridad y libertad de María.
La primera consecuencia es la conversión del corazón para que puedas amar a Dios y al prójimo como a ti mismo, en esto se sintetiza todo el cristianismo. Luego te alimentarás del pan de la Palabra y de la Eucaristía, para que te fortalezca en el combate de esta vida y alcances la felicidad eterna. Pero, además, si quieres dar el do de pecho con la entrega total de tu vida y ambicionas ser perfecto, «vende todo lo que tienes, y repártelo entre los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme». Es decir: puedes elegir el camino del discipulado de Jesús, haciéndote sacerdote para que nunca falten en la Iglesia y en el mundo hombres que prediquen el Evangelio, administren los sacramentos y presidan en la caridad nuestras parroquias. De esta manera, perdiendo la vida por Cristo, la gozarás en plenitud, porque, como dice Benedicto XVI: «Él no te quita nada y te lo da todo».
Querido Filemón, lo más original y hermoso que te puede suceder es que te enamores de Jesucristo y de su Iglesia, que te dones sin reservas a Él y que arda tu corazón en celo apostólico por la salvación de las almas.

+ Juan del Río Martín

Puentes, no muros.

Puentes, no muros.

El Patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, ha sido recibido en audiencia por Benedicto XVI. Es la tercera vez que se abrazan y rezan juntos; la primera fue en Estambul, adonde el Papa viajó en 2006; la segunda, en Nápoles, con ocasión del Encuentro Internacional por la Paz. El diálogo con los ortodoxos es una de las prioridades del pontificado de Benedicto XVI. Bartolomé I ha comentado en Roma: «Como decía Juan Pablo II, los puentes son más importantes que los muros, y el amor de Dios abate todos los muros que hay entre los pueblos». El Secretario de Estado del Papa, cardenal Bertone, se ha encontrado estos días también, en Armenia, con el Patriarca Karekin II, Katholicós de todos los armenios. También fue un encuentro de oración y de unidad.

San José, esposo y padre.

San José, esposo y padre.

1. José y el carácter de Jesús

Chesterton, mejor que Papini, podía haber analizado, más que la manera de ser, la manera de decir de Nuestro Señor, muy peculiar, por ejemplo, cuando aprecia en sus interlocutores indecisión o tibieza. Como ocurrió en el Templo, cuando María le nombra a su padre. Tampoco transige cuando un nuevo discípulo le dice: «Señor, te seguiré, pero permíteme antes que me despida de los de casa». Le faltó tiempo a Cristo para responderle aquello de «quien después de haber puesto la mano en el arado, mira atrás, no es apto para el reino de Dios».
Muy fina también la contestación a la pregunta más perversa. Chesterton diría que «dad al César lo que es del César…» tiene la ironía inglesa. Julio Camba opinaría que, en esta contestación, Jesús se le antoja más que inglés…, gallego. Pero donde Cristo estuvo absolutamente gallego es cuando le presentan la moneda y a su pregunta, ingenuamente, les responde con otra pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?» Y cuando le contestan que es de César, les da la famosa respuesta.
¡Qué lástima no disponer de más datos sobre José, que tanta influencia debió de tener en la forja del carácter de Jesús, su hijo adoptivo! Sabemos que el carácter se adquiere y puede modificar el propio temperamento. Podía ser heredada de José, o aprendida de él, la forma, no desprovista de intención y de humor, de contestar a María. No quiero pecar de irreverencia, pero yo siempre he visto cierta sorna, o un poco de guasa, en la respuesta: «Qué nos va a ti y a mí», cuando su madre le dice en las bodas de Caná: «Señor, no tienen vino».Bien es verdad que, en Caná, Jesús iba de hijo y podía permitirse estas familiaridades y confianzas con su madre. Por cierto, la ausencia de José a esta fiesta hace creer que ya había muerto el esposo de María y padre putativo del Señor.
Si hemos adjudicado a José una edad algo más que doblando la de María, unos treinta y dos años cuando nace el niño, y Jesús tiene veinte en la posible fecha de la muerte del esposo de su madre, José muere con cincuenta y dos años. En ese momento, de acuerdo con esta estimación, la Virgen María tiene treinta y cinco años, y tendrá cuarenta y ocho cuando Jesús sea crucificado.
La imaginería que existe sobre este pasaje de la muerte de san José arroja poca luz sobre la incógnita. Ni la escena pintada en un bello lienzo por el pintor y fotógrafo vergarés Eustaquio Aguirreolea, en 1901, y que se conserva en la iglesia de San Miguel de Anguiozar, ni los dos cuadros firmados por Goya sobre este tema, pintados ambos en 1787, establecen unas edades muy determinadas, pero sí se aproximan a nuestra hipótesis.


2. Jesús pudo resucitar a José como a Lázaro, pero…

Los dos cuadros de Goya donde se retrata el tránsito -la Iglesia ha visto con buenos ojos esa presunción que deja abierta la opción de un cambio de vida más que una extinción como la de todos los mortales-, difieren bastante. Y más en el tratamiento pictórico que en el argumento de la escena. Uno de ellos, quizás el mejor, se encuentra en un museo norteamericano, el del Instituto Flint, en Michigan. El otro, en el que Goya recuerda un poco a Zurbarán, está -porque con ese fin lo encargó Carlos III- en la iglesia de San Joaquín y Santa Ana, de Valladolid.En ambos, san José agoniza, pero no se refleja patetismo ni gran dolor en las figuras de Jesús ni de la Virgen. El talento de Goya da cabida a la posibilidad de que nos encontremos ante un tránsito más que una muerte.
Y, ¿por qué no? Quien fue capaz, y nadie más lo ha sido, de resucitar muertos, ¿cómo no va a reservar a su padre otro tránsito? No es poca la gracia y el alto honor de morir en los brazos del Hijo de Dios y de la Madre de Dios, pero muy posiblemente Jesús no permitió  que muriera el que es hoy Patrono de la buena muerte y de los moribundos.
    El tránsito -para entendernos-, un billete directo a la Gloria, sin pasar por aduanas, es lo más próximo a la Asunción que había reservado para su madre. Era un premio para José más valioso que la propia resurrección. Los designios divinos son inescrutables, pero, en «aparta de mí este cáliz», hay testimonios de los sentimientos que afloraban en la humana condición de Jesús.
Quien rompe a llorar desconsoladamente cuando Marta y María le comunican la muerte de Lázaro, y, sin resignarse a la pérdida, le devuelve la vida a su amigo, ¿qué no va a hacer por su padre adoptivo, por el hombre que le ayudó a nacer en el establo; que veló su sueño en el pesebre; que le salvó la vida, llevándole a Egipto; que le enseñó el oficio de carpintero; que cuidó de él y de su madre, y que fue quien dio sentido y dimensión humana a la obra más perfecta de Dios en la tierra: la Sagrada Familia?
El destino, el predestino de José es equiparable en muchos aspectos al de María, pero sobre todo en lo que suponía la exigencia plena y absoluta de la virginidad. José lleva, desde el portal de Belén, hasta el día de su subida al cielo, la vara de nardo. Parece que la flor preferida de Jesús. Con óleo de nardos ungía los pies del Señor María de Betania. Pero nadie puede rivalizar con el honor, la gracia, que Dios concedió a José. A veces lo olvidamos. José es el primer ser humano que ve a Dios; cuando en el portal de Belén lo saca del vientre de María.

3. ¿Se corresponde nuestra devoción a San José con su dignidad y su misión?

La devoción a san José, complemento de la devoción a la Virgen María, puede tener una fuerte influencia en las familias cristianas; porque su paradigma, su modelo, es la Familia de Nazaret: Jesús, María y José. Hablo de devoción en el sentido que da el Vaticano II a la devoción a la Virgen María: a) conocimiento-fe ilustrada del santo Patriarca; b) amor hacia él, como padre virginal de nuestro Redentor, esposo virginal de María, padre espiritual de las familias y Patrono de la Iglesia universal; c) imitación de sus virtudes domésticas, de su santidad. Ésta es la figura, la imagen de san José que deben tener ante sus ojos y grabada en sus corazones los miembros de la familia cristiana.
San José no es un santo más del calendario de la Iglesia. Es un santo que está en el corazón de la Iglesia, porque es el esposo virginal de María, la Madre de la Iglesia, y es padre virginal del Hijo de su esposa, de Jesús nuestro Redentor, a quien le impuso el nombre, ejerciendo su oficio de padre, no sólo legal, sino virginal. ¿Por qué? Reflexionemos brevemente.
San José está incluido en el decreto eterno de la predestinación del misterio de la Encarnación. Ésta es una enseñanza fundamental del Papa Juan Pablo II, en su breve, pero interesante, Exhortación apostólica El Custodio del Redentor (Redemptoris Custos). Cuando la Virgen María recibe el mensaje del ángel sobre su elección y predestinación para Madre del Hijo de Dios -según la relación de Lucas-, estaba desposada ya con José, y «había sucedido así por voluntad de Dios» (Juan Pablo II). De aquí se deduce lo que dice el Papa: que «el hecho de ser ella la esposa prometida de José está contenido en el designio mismo de Dios», es decir, en el decreto eterno de la predestinación de la Encarnación.
Hay que afirmar, en consecuencia, que san José, padre virginal de Jesús, forma parte del objeto de la predestinación; ya que María fue elegida y predestinada para ser Madre del Hijo de Dios como virgen y desposada, no solamente como madre virgen, sino también desposada. Y la razón de todo esto está en que la encarnación del Hijo de Dios, y su nacimiento, debía realizarse en una familia, no sólo en una y de una mujer, sino en una familia, porque la mujer, la joven María, estaba desposada con José.
Es claro que la predestinación de la esposa incluye también la del esposo, máxime si se trata para una finalidad en cierto modo común, o compartida. Por eso la predestinación de María desposada, incluía la de su esposo José.
La dignidad de san José y su función en la obra de la salvación hay que deducirla de su pertenencia al misterio de la Encarnación, o del hecho de que forma parte del objeto de la predestinación de la Encarnación. Su función en la historia de la salvación es la que le corresponde al padre virginal (hay que desterrar el término putativo) al padre de la familia. En coherencia con esta consideración, el Papa Juan Pablo II, en la Exhortación Redemptoris Custos, dice, que, «para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José», e incluye las dos situaciones: María virgen y desposada.
El desposorio de la Madre incluye necesaria y esencialmente al esposo, a José. José no es una figura externa, remota o accidental en la Encarnación, sino interna, perteneciente intrínseca y esencialmente a la realización de la Encarnación, por disposición de Dios.
El puesto de José en la historia de la salvación es el más alto, al lado de su Esposa; el más alto y el más cercano a nosotros, como Patrono de la Iglesia universal. ¿Se corresponde nuestra devoción y la devoción de la Iglesia a san José con su dignidad y su misión en la Redención? Santa Teresa de Jesús la intuyó, y la vivió así. Dedicó al Santo, en agradecimiento de sus favores, casi todos sus ministerios. Ojalá las familias cristianas vivan y promuevan a su estilo la devoción al padre virginal de Jesús, esposo virginal de su Madre y Patrono de la Iglesia universal.


Dr. Enrique Llamas, ocd
Presidente de la Sociedad Mariológica Española


¿Quién nos convierte?

¿Quién nos convierte?

¿Quién nos convierte? Al comenzar la cuaresma se nos invita a la conversión. Pero eso no es un empeño voluntarista, ni un cúmulo de propósitos que uno mismo tenga que lograr. Es Dios quien nos convierte, cuando le dejamos. Es Dios quien transforma nuestras vidas y les da hondura y plenitud. Es Dios quien nos hace madurar y crecer, asumir la vida con toda su complejidad. El Dios que, infatigable, está trabajando en cada uno de nosotros… 1. Un Dios que modela mi barro. “Cuantos se dejan llevar del Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y no habéis recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite gritar: Abba, Padre” (Rm 8,14-15) 

He cambiado mucho en la vida. Desde que era pequeño hasta hoy. He conocido gentes, he compartido historias, he tenido aciertos y algún que otro descalabro. Y ahora soy consciente de que cuando te he dejado acunarme o sacudirme, cuando he dejado que tu palabra llegue hasta mis entrañas, entonces tú me has cambiado. Pero soy lento, y a menudo sordo o perezoso para Ti. Me atasco en mil dinámicas que no me dejan vivir a tu manera. Me veo débil, a veces necio… Menos mal que sé que tú no te cansas de modelarme, que me vas transformando con manos firmes. Tú sabes a dónde me quieres llevar.

 

Preguntas para la Reflexión Personal:

 

-         ¿Dónde me veo necesitado de conversión?

-         ¿Dónde siento que Dios trabaja en mí?

 

2. Un Dios que recrea el Mundo…

 Mirar cómo Dios habita en las criaturas… y en el ser humano dando entendimiento. Y también habita en mí, dándome ser, animándome, haciéndome sentir y comprender, y viviendo en mí… (Ejercicios Espirituales, n. 235) Y al tiempo soy consciente de que vas tocando otras vidas, otras historias, otras gentes. Y en ocasiones me reconozco en otros rostros, y me siento cercano a otras vidas, porque sé que detrás de todos estás tú, uniéndonos, trabajando en cada ser humano, sin rendirte con nadie, porque crees en todos. Tú trabajas en aquellos a quienes quiero, y también en aquellos que me hacen sufrir. En los cercanos y los lejanos, en las víctimas y los verdugos. Tú trabajas incansablemente, siembras en cada uno de nosotros la semilla de tu amor. Ayúdame a mirar el mundo siendo consciente de que tú lates en El, y de que, imperceptiblemente, vas poniendo luz en cada vida. Preguntas para la Reflexión Personal: -         ¿Miro al Mundo intuyendo que Dios lo está transformando?-         ¿Dónde hay destellos de Dios?    

Oración:

 I. Sigue curvado sobre mí, señor
remodelándome,
aunque yo me resista.

¡Qué atrevido pensar que tengo yo mi llave!
¡Si no sé de mí mismo!
Si nadie, como Tu, puede decirme
lo que llevo en mi dentro.
Ni nadie hacer que vuelva
de mis caminos
que no son como los tuyos.
Sigue curvado sobre mí
tallándome
aunque, a veces, de dolor te grite.
Soy pura debilidad, -Tu bien lo sabes-,
tanta, que, a ratos,
hasta me duelen tus caricias.

Lábrame los ojos y las manos,
la mente y la memoria,
y el corazón,- que es mi sagrado-,
al que no Te dejo entrar cuando me llamas.
Entra, Señor, sin llamar, sin mi permiso.
Tu tienes otra llave, además de la mía,
que en mi día primero Tu me diste,
y que empleo, pueril, para cerrarme.
Que sienta sobre mí tu “conversión”
y se encienda la mía
del fuego de la Tuya, que arde siempre,
allá en mi dentro.

Y empiece a ser hermano,
a ser humano,
a ser persona.
 II.¡Qué paciencia, Señor, sobre Tu mundo,
que nosotros tratamos, mal-tratamos,
como si fuera nuestro,
del primero que llegue, el más astuto,
o el más ladino,
o de aquel o de aquella, a quien no duele
pisar a los demás, como se pisa
la uva en el lagar,
o una hormiga, o un escarabajo.
Sigue vuelto, Señor
con tu sol y tu lluvia
para todos,
para buenos y malos,
pacientes y violentos,
víctimas y verdugos,
lloviendo y calentando
esta tierra que somos.
Sigue haciendo germinar
en todos
la semilla que eres
¡Que la hagamos crecer,
sin desmayarnos,
entre tanta cizaña!
Y que dé de comer a mucha gente
pan tuyo y pan nuestro
el que de Ti hemos aprendido
a ser
multiplicándonos.
(de “Conversión”,
Ignacio Iglesias, sj)
   

Reflexión para el Tema de la Oración de los Viernes. La Cuaresma es tiempo de Reconciliación

Reflexión para el Tema de la Oración de los Viernes. La Cuaresma es tiempo de Reconciliación

Reflexión para el tema de la Oración: “Si aceptas perdonarte, perdonarás”. 

Perdón y reconciliación se complementan. Y sin embargo tienen distinto significado. En su origen griego la palabra “perdón” significa despedir, dejar libre, absolver. La palabra latina dimitiere significa lo mismo. El perdón se relaciona siempre con una culpa con el significado activo de cancelar, liberarse, arrojar de sí y deshacerse de algo. Reconciliciación significa calmar, apaciguar, atraer las voluntades opuestas, restablecer la armonía y concordia. Es decir, reconciliar es como un paquete de intentos por acercar unos a otros. Por la conversión y diálogo se llega al acercamiento entre socios, que pueden allanar desavenencias y crear paz. Entonces se llega a la más intensa cercanía del beso, sello de acuerdo entre varios. Pero en la reconciliación no sólo se acercan los hombres unos a otros sino también a Dios. Todo hombre puede reconciliarse consigo mismo y darse un beso de paz. La palabra latina reconciliare significa restablecer, reunificar, facilitar un nuevo acercamiento. Se refiere, por tanto, principalmente a la nueva comunión de los hombres entre sí y con Dios. No hay reconciliación sin perdón y el perdón tiene como finalidad la comunidad de vida reconciliada.

 

En la Biblia.

 

El Dios perdonador.

 

Aunque parezca mentira, ya el Dios del Antiguo Testamento es esencialmente un Dios perdonador. El hombre recae fácilmente en el pecado, traspasa los límites de los preceptos divinos y se pierde en la maraña de su propio mundo.

Donde se ve claramente esta faceta de Dios en el pueblo judío, pues él tiene en su historia repetidas experiencias de alejamiento de Dios y de inclinación ante los ídolos. Los salmos describen la historia de Israel como una constante de alejamiento e infidelidad de Dios. Acaba de intervenir Dios para remediar con estupendos prodigios las necesidades del pueblo en el desierto, y el pueblo se rebela otra vez como un niño caprichoso que quiere siempre más. Y vuelve las espaldas al Dios que le salva. Moisés reconoce la tozudez y dureza de cerviz de ese pueblo. Pero se dirige una vez más en oración confiada a Dios que les ha revelado su perdón (Ex. 34, 6-7).

Jesús no sólo anunció a los hombres el perdón de su Padre sino que él mismo perdonó con el poder de Dios. Jesús confirma su plenitud de poderes para perdonar pecados cuando cura al paralítico. El perdón de los pecados y la enfermedad tienen interrelación. En este caso el evangelista Mateo ve frecuentemente en la enfermedad una consecuencia del pecado. Para él no basta curar los síntomas de la enfermedad. Es necesario también perdonar el pecado, que está en la base de esa enfermedad, para que el enfermo recupere verdaderamente la salud y pueda reincorporarse a la vida diaria.

Es imposible orar como Jesús nos enseñó sin una sincera disposición de perdonarnos mutuamente las ofensas.

Tenemos que reconciliarnos, como dice Pablo, primero de nuestros pensamientos, tiene que haber una reconciliación previa de nuestros pensamientos si queremos perdonar a los demás. Debemos examinarnos sinceramente  para ver si conservamos algún tipo de rencor. Con resentimientos en el corazón es imposible orar. Sólo después de habernos liberado de  sentimientos negativos del rencor es cuando podemos intentar, en la medida de lo posible, acercarnos a aquellos con los que estamos en conflicto.

Después, tengo que reconciliarme con mi enemigo de dentro, con el enemigo interior. Mientras estoy de camino siempre me acompaña mi sombra, lo negativo que llevo, mi enemigo interior. Pueden ser mis faltas, mis debilidades, mis tendencias reprimidas, mis necesidades insatisfechas. Con todo esto tengo que reconciliarme cuando estoy yo de camino.

  

Encuentro Intercolegial Trinitarios 2008 en Valdepeñas.

Encuentro Intercolegial Trinitarios 2008 en Valdepeñas.

El día 14 de febrero se celebraró el tradicional Encuentro Intercolegial Trinitario, este año fue en el colegio de Valdepeñas. El Encuentro Intercolegial tenía como finalidad, desde hace veintitrés años, facilitar el conocimiento mutuo entre los diferentes colegios trinitarios y está dirigido a toda la comunidad educativa, de hecho suelen participar tanto alumnos como padres y profesores. El motivo de celebrar el Encuentro este día es por coincidir en él la fiesta de San Juan Bautista de la Concepción, Reformador de los Trinitarios. Así, aunque se comenzó a celebrar en su fiesta para dar a conocer su figura en nuestros colegios, poco después de su canonización, se ha llegado a convertir en un acontecimiento festivo en todos los centros y en casi un patrón para los mismos. Desde el Laicado Trinitario de Valdepeñas agradecemos que el Carisma de la Órden se difunda a los más pequeños de Nuestra Familia Trinitaria.

La identidad del laico Trinitario

La identidad del laico Trinitario

La Familia Trinitaria es una comunidad eclesial formada por clérigos, laicos, monjas, religiosos y religiosas que llevan el nombre de la Trinidad y reconocen como padre común a San Juan de Mata.

Juntos forman la “casa de la Santa Trinidad y de los cautivos”, comparten el carisma trinitario-redentor y desarrollan su misión: la glorificación de la Trinidad y la liberación de los “cautivos” de nuestro tiempo.

Desde los orígenes de la Orden, los laicos son parte de la Familia, y con su propio carácter secular y público, con diversas modalidades, encarnan el carisma de San Juan de Mata en el mundo.

El Proyecto de Vida que aquí proponemos los laicos, es común para todos, fiel al pasado y adaptado a las exigencias actuales de la Iglesia y de nuestro tiempo.

En él se hallan:
* Los rasgos característicos del carisma trinitario participado por los laicos;
* Las líneas esenciales de formación y de organización como medios para poner en práctica nuestro compromiso.

IDENTIDAD DEL LAICO TRINITARIO

Los laicos trinitarios, incorporados a Cristo por el Bautismo, participan en su función sacerdotal, profética y real y se consagran de forma peculiar a la Santísima Trinidad.

Guiados por la Regla de San Juan de Mata, asumida en el Proyecto de Vida del Laicado Trinitario, siguen a Cristo por los caminos del Evangelio, según el don recibido, tienden a la perfección de la caridad y manifiestan en la Iglesia y en el mundo la dimensión secular del carisma trinitario.

Según el propio estado de vida, viven su vocación laical en fraternidad y en comunión con todos los miembros de la Familia Trinitaria, procurando con todas sus fuerzas la gloria de la Trinidad y la redención de los hermanos.