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BLOG DEL LAICADO TRINITARIO DE VALDEPEÑAS

Dice el necio para sí: "No hay Dios", Recuerdo de S. Anselmo de Canterbury.

Dice el necio para sí: "No hay Dios", Recuerdo de S. Anselmo de Canterbury.

El filósofo Costantino Esposito ha escrito sobre el “Discurso al mundo de la Cultura” que el Santo Padre pronunció en el Collège des Bernardins : Después de la lección que Benedicto XVI pronunció en París el 12 de septiembre ante un grupo de intelectuales franceses, ya no será lo mismo cuando alguien hable de las raíces de Europa. El hecho es que él, en vez de apelar a valores eternos o de llamar a la defensa de un pasado glorioso, ha mostrado simplemente, y nos ha hecho tocar con la mano, cuáles son estas raíces. Y lo ha hecho mostrando a través de un lugar y de un evento particular –el nacimiento de la teología occidental en los scriptoria monásticos de la orden de san Benito– la racionalidad y la universalidad de la experiencia cristiana. Ella está en el fundamento de nuestra cultura precisamente por su capacidad innata de ser un «hecho razonable», es decir, correspondiente de forma fascinante con la exigencia de razones que empuja siempre nuestra inteligencia, hoy como hace novecientos años”

 

Parafraseando a san Juan el Precursor podríamos decir que: “ya está el hacha puesta a la raíces” de Occidente (I). ¿A quién recurrir?, siguiendo el ejemplo del Papa una respuesta podría ser: “Vayan a ver a... (a un monje teólogo medieval) y hagan lo que él les diga”  (II). Consultaremos entonces a “una de las inteligencias más fecundas y significativas de la historia de la humanidad, a la cual se refieren justamente tanto la filosofía como la teología: San Anselmo”.

 

Este año se cumplen novecientos años de la muerte de este monje, santo y sabio, es decir, teólogo, Anselmo de Aosta  en el Piamonte, monje, Prior y Abad de Bec en Normandía y Arzobispo de Canterbury en Inglaterra , Doctor de la Iglesia, Doctor Magnífico, Doctor Benedictino, y por tal motivo se realizaran en distintos lugares conferencias, jornadas, simposios y congresos, emisión de sellos conmemorativos y actos muy diversos. Con estas simples reflexiones queremos unirnos a este jubileo que nos da mucho que pensar a europeos y americanos, monjes y laicos, teólogos y filósofos, hombres y mujeres de la teoría y de la praxis, del ora et labora, del culto y la cultura.

 

I. Ya está puesta el hacha a la raíces

 

El papa esa tarde habló del “origen de la teología occidental” y lo vinculó con “las raíces de la cultura europea” para lo cual recurrió, en un primer momento, a un tercer elemento: “la cultura monástica”, entendida como “quaerere Deum”, tema que dicho sea de paso desarrolla magníficamente en sus diversas facetas (escatología, gramática, ciencias profanas, escuelas, bibliotecas, liturgia, canto, música, hermenéutica y trabajo manual), y por último con “el discurso de Pablo en el Areópago”, en cuanto esquema fundamental de todo anuncio cristiano.

El eje de esta “cuaterna” era la relación entre la fe, escucha atenta de la Palabra de Dios, y la universalidad de la razón, por lo que concluía su mensaje diciendo: “ Quaerere Deum –buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura”.

Este discurso pronunciado en Francia se inscribe dentro de una “trilogía”. Creemos que hay que leerlo teniendo en cuenta dos anteriores: el dicho en Ratisbona (Alemania) y el no dicho en La Sapienzia (Italia), con sus respectivas polémicas mediáticas. Es llamativo, o no tanto pensándolo bien, que el tercero pasara casi desapercibido en los medios de comunicación. En los tres encontramos planteado el tema central del encuentro y el diálogo entre la fe y la razón que hace posible una verdadera cultura, no sólo la europea, y un humanismo verdadero. Romper este diálogo es cortar con las raíces [9]. Veamos un ejemplo, tal vez un poco curioso, de cómo ya está puesta el hacha.

 

En el boletín de la agencia informativa católica Zenit del día 9 de enero nos encontramos con la siguiente noticia: “Gran Bretaña: Cristianos reclaman a ateos la prueba de que Dios no existe”. En Londres la organización Christian voice ha presentado una protesta ante la Advertising Standards Authority, organismo que reglamenta la publicidad, tras el lanzamiento en ochocientos autobuses y en el Metro de una campaña que proclama: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta (goza) la vida”, pidiendo pruebas que confirmen tal afirmación, argumentando que la misma violaría el código de la publicidad por ser engañosa, dado que carece de fundamento [11]. Pero el asunto es más complejo de lo que parece a primera vista.

 

La idea surgió de la columnista Ariane Sherine, del periódico The Guardian, tras leer en una web cristiana que los ateos pasarían “la eternidad en el infierno y ardiendo en un lago de fuego”. Con el apoyo de la British Humanist Association y del profesor Richard Dawkins pidió donaciones de cinco libras para invitar al ateísmo desde los autobuses y recaudó más de cien mil. Según los patrocinadores se busca: “contribuir a animar el debate social, porque en la respuesta a estas cuestiones se encuentra nuestra propia concepción del ser humano”.

La British Humanist Association es una organización que trabaja para acabar con los privilegios de la religión en los medios de comunicación, en las leyes y en la educación. Su directora Hanne Stinson sostiene que: “Los donantes sienten que no tienen voz, que el Gobierno y la sociedad presta demasiada atención a la religión y a sus líderes, mientras que a los que no son religiosos se les ignora”  . Sus pares norteamericanos de la American Humanist Association imitaron la iniciativa y pusieron una campaña en marcha con unos doscientos autobuses en Washington con el lema: “¿Por qué creer en un dios? Sé bueno por la propia bondad”.

El biólogo Richard Dawkins asegura que no es fácil negar la existencia de Dios: “La situación de los ateos hoy en día en América es comparable a la de los homosexuales cincuenta años atrás”. En su libro El espejismo de Dios sostiene que: “Los ateos son mucho más numerosos, sobre todo entre la élite educada, de lo que muchos creen… El problema es que, a diferencia de otros grupos religiosos, no están organizados. Un buen primer paso podría ser generar una masa crítica con aquellos que desean salir a la luz y así animar a otros a hacer lo mismo. Pueden hacer mucho ruido”. Se suma así a lo que algunos han denominado: “la gran batalla de la palabra contra las religiones”.

En las librerías podemos encontrar además de El espejismo de Dios , títulos como: Dios no es bueno de Christopher Hitchens, The end of faith del filósofo Sam Harris, ¿Por qué no podemos ser cristianos? del matemático Piergiorgio Odifreddi, hasta un Tratado de Ateología por Michel Onfray, que propone un “ateísmo constructivo”. En los cuales se sostiene “que la religión da una explicación errónea del origen del ser humano y del cosmos, que causa una peligrosa represión sexual y que se basa en ilusiones” y que las “grandes confesiones: el judaísmo, el cristianismo y el Islam… son locuras socialmente aprobadas, cuyos credos son irracionales, arcaicos y mutuamente incompatibles”.

Buscando un poco más de información sobre este asunto en la edición digital de La Voz de Galicia nos anoticiamos de que lo mismo ocurrió del 5 al 18 de enero en dos autobuses de Transports Metropolitans de Barcelona , con el apoyo de la Unión de Ateos y Librepensadores y Ateus de Catalunya. Ante esta campaña el arzobispo de Barcelona Luís Martínez Sistach había emitido un comunicado en el que subraya que para los creyentes “la fe en la existencia de Dios no es motivo de preocupación, ni es tampoco un obstáculo para gozar honestamente de la vida, sino que es un sólido fundamento para vivir la vida con una actitud de solidaridad, de paz y un sentido de trascendencia”.

Mientras que el pasado viernes 23 de enero  la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española ha hecho pública una nota en la que los obispos afirman que la propaganda sobre la inexistencia de Dios en los autobuses “lesiona” el derecho a la libertad religiosa y es una “ofensa” contra los creyentes. Los prelados insisten en que “la libertad de expresión es un derecho fundamental” que debe “ejercerse por medios lícitos”, pero argumentan que “los espacios públicos que deben ser utilizados de modo obligado por los ciudadanos no deben ser empleados para publicitar mensajes que ofenden las convicciones religiosas de muchos de ellos”.

Por su parte, el obispo de Palencia José Ignacio Munilla Aguirre en un artículo del 7 febrero titulado “Con serenidad y fortaleza” califica la campaña de “blasfema”: “Dios es amor (cfr 1 Jn 4, 8) y es la fuente de la felicidad del hombre. El ateísmo más militante suele sostener que la existencia de Dios es incompatible con la libertad humana. Dios es presentado como un tirano que nos conduce a vivir angustiados y amargados. Es difícil formular una blasfemia más contraria al rostro de Dios revelado en la Biblia: Dios es el Padre misericordioso que derrama sus gracias sobre todos sus hijos, incluyendo quienes le ofenden o le ignoran” .

Por otro lado en La Voz de Asturias< [20] leíamos que el debate sobre la existencia de Dios había llegado también a los autobuses que circulan por la periferia de Madrid, “a la espera de saber si en los de la capital se instala la idea contraria”, como había ocurrido ya en Barcelona. Uno de los autobuses de la línea que cubre el recorrido Fuenlabrada-Leganés-Aluche lleva el lema “Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo”, algo similar realizaría luego la entidad E-Cristians y Alternativa Española con su campaña "Dios Existe. Confia en El [21].

La campaña, financiada por el Centro Cristiano de Reunión, es según el abogado y Pastor Francisco Rubiales, de la Iglesia Evangélica de Fuenlabrada, una respuesta a la de Barcelona y una prevención ante la posibilidad que de que esta se extienda a Madrid [22] y a otras ciudades; además comentó que les resultó “más barato” de lo que pensaban: unos 100 euros por el diseño del cartel y 200 euros por autobús y mes.

Para la Alianza Evangélica Española “la campaña para fomentar la ausencia de Dios lo que ha conseguido es que Dios se ponga de moda y sea centro de interés en el debate público”. En la misma línea Monseñor Munilla Aguirre decía: “Más allá de la ofensa a Dios y de la falta de respeto a las convicciones de los creyentes, es muy probable que, por esas carambolas de la providencia divina, esta campaña injuriosa acabe teniendo resultados beneficiosos en sus destinatarios. De hecho, nuestra cultura actual ignora la cuestión de Dios, por entender que es un asunto privado que debe ser expulsado de la vida pública... Sin embargo, esta campaña trae la cuestión de Dios al centro del debate, aunque sea de una manera impropia y maliciosa” [23].

 

Hasta aquí el noticiario, porque “para muestra basta un botón”.

 

La inexistencia de Dios parece que fuera hoy un producto a vender y comprar en el mercado, que tiene su marketing, sus anuncios, sus publicistas, sus competidores y muy seguramente sus réditos económicos. Tenía su encanto pensar en la existencia de Dios como una apuesta, como lo hizo Pascal en sus Pensamientos [24], pero como una mercancía, un negocio, es demasiado.

Parecería que hay que eliminar a Dios, cueste lo que cueste, o al menos ponerlo en duda, para poder ser racionales, libres, felices y gozar de la vida, es decir, para ser hombres. La oposición dialéctica se daría entre religión y humanismo, entre Dios y el hombre. Conviene recordar lo que afirmara Fr. Alberto García Vieyra OP: “No existe una antinomia entre fe y ciencia, entre cultura y santidad (humanismo y religión). Las oposiciones fraguadas en diversos tiempos obedecen a errores, pero no son reales” [25].

 

Nos preguntamos: ¿Es posible un humanismo sin Dios?, ¿Es factible una cultura sin creencias?, ¿No decía Iván Karamázov, el personaje de Dostoievski: “Si Dios no existe todo está permitido”?, ¿Qué imagen de Dios, y del hombre, está por detrás de estas afirmaciones?, ¿Se puede ser libre sin un Dios Creador de la Nada?, ¿Cómo se puede ser feliz prescindiendo del Dios hecho hombre para salvarnos?, ¿Quién gana y quién pierde con esto? [26], ¿No será ésta la gran estafa, el gran fraude, el gran timo?, o como decimos en Argentina: ¿no nos estarán vendiendo un buzón, y para colmo de males un buzón virtual?, ¿no nos estarán haciendo el cuento del tío [27]?, pienso las Cartas del Diablo a su sobrino de C. S. Lewis, ¿no nos estarán enroscando la víbora [28]?, rememorando aquella que con argucias fomentaba la duda de Eva en El paraíso perdido de John Milton [29]. ¿Qué hacer?.

 

II. Vayan a ver a san Anselmo y hagan lo que él les diga

 

En su Discurso el Papa nos recordaba que: “En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo. El camino era su Palabra que, en los libros de las Sagradas Escrituras, estaba abierta ante los hombres”. Estas palabras y las noticias tan curiosas a las que hemos hecho referencia nos hacen volver la mirada a san Anselmo.

El Dr. Ricardo Diez buen conocedor de la obra de Anselmo afirma que en sus escritos la sangrienta barbarie (guerras, invasiones, disputas por el poder y exilios) de su época se espiritualiza y se limita a dos barbarismos que asechaban, y por lo que vemos acechan, a toda cultura: el barbarismo de la razón y el de la sangre: “La racionalidad humana se vuelve bárbara cuando confiada a sí misma se hincha de orgullo y pierde la humildad que debe cultivar quien ama la sabiduría porque ésta siempre excede al pensamiento y se le dona. El saber de la ciencia cuando se encuentra satisfecho de sí mismo lleva a ignorar tanto lo que no sabe cuanto el modo en que conviene saber lo que sabe… Al perder la unidad que integra la razón al todo, el hombre construye con su necio saber un falso infinito que lo mueve a la idolatría. La autosuficiencia racional separa al pensamiento de lo humano y, en consecuencia, las otras facultades del hombre se revelan contra el hegemónico encierro de la razón. Forzada supremacía que esconde la ficción de una racionalidad desvinculada de la vida y poderosa porque cree poder dar respuesta acabada a todos los interrogantes de la existencia. Frente a la desmesura de la razón, la sangre es la primera que acompaña el desvarío. Su barbarie se asocia con la autonomía racionalista pero se construye en oposición. Irrumpe como irracional porque sigue los designios de una pasión que se vivencia, desde fuera, como una locura carente de explicación. Frente al barbarismo de la razón se inicia en forma concomitante y contraria la barbarie de la sangre compuesta por la irracionalidad de los afectos que al no poder ser conducidos por el pensamiento provocan luchas entre los hombres. Al perderse la justificación de la verdad, la ideología busca justificar las bárbaras acciones que, en pro de una idea de justicia, impulsa matanzas que surgen de pasionales enemistades de unos contra otros. La fuerza elemental de la tierra, el deseo de los sentidos, la desmesura en el desorden de las pasiones engendran luchas individuales y colectivas que se justifican con fundamentalismos irracionales o, lo que es lo mismo, con razones emotivas que abandonan, olvidan y ocultan el sentido de verdad que más allá de la inteligencia puede encausarla” [30].

Esta extensa cita que transcribimos nos recuerda que cuando la razón se desvía,  anda errante y pierde el camino de regreso a Casa, es decir, olvida el método, comienza la irracionalidad y la barbarie, en una palabra, la necedad. Desde esta perspectiva entendemos el reiterado interés del Magisterio de la Iglesia en defender la razón.

 

Casi espontáneamente todo aquel que ha estudiado alguna vez filosofía asociará los términos: Inglaterra, ateos y negación de la existencia de Dios, cristianos y pruebas de la existencia de Dios con una de las más famosas obras del Doctor Benedictino: el Proslogion [31] .

Cuando en el siglo XI los hombres del Medioevo descubrieron, por segunda vez en la historia, la Lógica y “se emborracharon con el vino del razonamiento formal y la abstracta belleza de sus leyes” [32], los monjes de la abadía de Bec, le piden a su prior que les enseñe a meditar racionalmente sobre su fe. Anselmo al acceder a su pedido les  propone una respuesta al problema de la relación entre la fe y la razón, que recrudecía en la disputa entre dialécticos y antidialécticos, mal llamados teólogos.

Frente a los dialécticos, como Anselmo de Besate, Berengario de Tours y Roscelino de Compiegne [33], afirma la necesidad de asegurarse primeramente en la fe, con lo cual se opone a que las Sagradas Escrituras queden sometidas al veredicto de la dialéctica, lo que sería presunción [34]. Por otra parte, se enfrenta a los adversarios irreductibles de la dialéctica, como Otloh de San Emerano, San Pedro Damian y al mismo Lanfranco, su maestro, porque para aquel que en un primer momento se aseguró firmemente en su fe no existe inconveniente alguno en que se esfuerce por comprender racionalmente lo que cree; lo contrario sería negligencia [35]. ¿Quiénes serían hoy los “presuntuosos” dialécticos y los “negligentes” antidialécticos?

 

Al finalizar el capítulo primero del Proslogion el Prior de Bec da gracias a Dios por haber impreso en su alma la imagen de su divinidad, para que pueda conocerle y amarle, y le pide que renueve esa imagen oscurecida por el pecado, para que pueda comprender las verdades divinas. En sus propias palabras: “No busco tampoco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: «que si no creyera no entendería»” [36]. Para comprender este punto clave en el orden metodológico es oportuno recordar las palabras de nuestro profesor José Ramón Pérez, buen conocedor del espíritu anselmiano: “La novedad de todo el esfuerzo de San Anselmo se centra en la justificación de la utilización permanente y casi exclusiva de la razón –léase lógica-  dentro de la fe, pero, a su vez, el método también responde a un intento de justificación de la fe en este preciso sentido: no sólo es posible el uso de la razón dentro de la fe, sino que la razón es un elemento indispensable y su uso resulta de irrecusable necesidad para que la fe sea fe, es decir, sea una fe viva, de modo tal que una supuesta fe que pretendiese negar, y, por consiguiente, no cultivar lo racional inteligible que hay, sin duda dentro de la misma fe, no sería sino el cadáver de la fe… Ese ritmo vivo del corazón humano que va de la fe a la razón y nuevamente, de la razón a la fe, es lo que se expresa en la formula, ya clásica, fides quærens intellectum” [37] dicho sea de paso esta expresión era el título “original” del Proslogion [38] .  Y ahora comprendemos más profundamente la urgencia e importancia de la preocupación papal.

 

En el capítulo II, que lleva por título Quod vere sit Deus, Anselmo desarrolla su célebre argumento de la existencia de Dios, mal llamado “ontológico” [39].

 

Creemos que Dios existe y que es “aliquid quo nihil maius cogitari possit” [40]. El problema se encuentra en saber si existe o no existe una naturaleza semejante; pues, el insensato ha dicho en su corazón: “no hay Dios”. Cuando decimos en presencia del insensato: algo mayor que lo cual nada puede ser pensado, comprende lo que decimos, y lo que él comprende, existe en su inteligencia, incluso aunque no se percate de su existencia. Pues es evidente que una cosa pueda existir en una inteligencia, sin que ésta sepa que dicha cosa existe; así cuando un pintor se representa la obra que va a hacer, la tiene en su inteligencia; pero no conoce su existencia, ya que todavía no la tiene hecha; por el contrario cuando la ha ejecutado en el lienzo, tiene su obra en la inteligencia y conoce también su existencia, puesto que la ha realizado. Entonces, resulta fácil convencer a cualquiera, incluso al insensato, de que al menos, en su espíritu, existe un ser tal, que no se le puede concebir mayor; ya que si entiende esta formula, la comprende, y todo lo que se comprende existe en la inteligencia. Es decir que lo que es tal que no puede concebirse mayor, no puede menos de existir en la inteligencia. Ahora bien; si existe en la inteligencia, no puede darse en ella únicamente, es preciso además pensar que existe también en la realidad, lo cual constituye a no dudarlo, una existencia superior. Pues, si decimos que lo que es tal, existe en la inteligencia únicamente, estamos diciendo que, puede concebirse otro mayor que además exista en la realidad. Pero la existencia de un ser tal es contradictoria. En consecuencia: existe en la inteligencia y en la realidad un ser tal que no puede concebirse mayor. Luego Dios existe.

 

Se ha escrito mucho sobre este argumento, hasta sería posible reconstruir una historia de la Filosofía tomándolo como eje, porque según Guillermo Blanco: “Lo que ha dado y da al Proslogion su perenne actualidad es el hecho de que en él se plantee y resuelva en cierto sentido el problema metafísico por excelencia, el problema del ser” [41]. Anselmo plantea y resuelve el problema metafísico en clave cristiana.

 

Su argumentación parte de una idea de Dios que le es suministrada por la fe, alcanzando, como meta, la intelección del dato de la fe. Dios es “aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado”, lo que nos recuerda un fragmento de La esfera y la cruz de G. K. Chesterton: “¿Qué ha querido decir? –dijo el ateo, despertándosele la lógica-. Es obvio que no podría uno fiarse de un Dios susceptible de mejora” [42]. Inmediatamente surge la pregunta: ¿tal noción de Dios puede tenerse sin la revelación?. Blanco responde: “De hecho... el concepto de Dios como infinitud perfecta... lo poseemos por la  revelación cristiana. Esta nuestra idea de Dios y la afirmación de la identidad metafísica de esencia y existencia en Dios enseña Gilson... son dos casos del influjo de la Revelación en la filosofía, dos muestras del originalísimo aporte de la filosofía cristiana al pensamiento universal” [43]. Por tanto la  argumentación del Proslogion parte de un hecho; pero de un hecho que se origina de un orden especial, el de la fe. Todo el diálogo interior -en el más puro sentido agustiniano del término- que allí se desarrolla va de la fe a la razón, y concluye que lo que es propuesto por la fe, es inmediatamente inteligible. La prueba de la existencia de Dios no funda la fe, sino que la alimenta.

 

Ya sabemos, que existe un ser cuya necesidad intrínseca es tal que se refleja en la idea  misma que de él tenemos, es decir, que Dios existe en sí tan necesariamente que, aún en nuestro pensamiento, no puede no existir [44]. Como decía el filósofo español Julián Marías: “El argumento anselmiano estriba en demostrar que, en rigor, no se puede negar que haya un Dios. La inexistencia de Dios es impensable, esto es lo que pretende probar el capítulo II del Proslogion” [45]. Pero esto no prueba que Dios exista, sino que es de tal modo que no se puede concebir su objeto sin que exista, lo que no es verdadero de la noción de ningún objeto concebible, aún de los que estamos ciertos de que existen. Sólo hay otra noción de la que se puede afirmar lo mismo: la noción de ser, si se la usa como sustantivo que designe un objeto actualmente existente. Esta similitud entre ambas nociones, nos lleva a la pregunta: ¿Dios es el Ser?. Para los filósofos cristianos la respuesta es unánime: Dios es el Ser [46]. Cuando se reflexiona sobre el sentido de esta afirmación, es claro que habría de engendrar un nuevo argumento de la existencia de Dios, y a Anselmo le corresponde el honor de haber sido el primero en formularlo. Eadmero su amigo y biógrafo nos cuenta los detalles de su elaboración [47].

Para un filósofo cristiano preguntarse si Dios es, es preguntarse si el Ser existe, y negar que sea, es afirmar que el Ser no existe. El Ser es el nombre de Dios cuando se traduce en el lenguaje de la reflexión metafísica la noción espontánea que de Él se forma el hombre. “La inconcebilidad de la no-existencia de Dios –afirma el historiador y filósofo Étienne Gilson- no tiene sentido sino en la perspectiva cristiana en la que Dios se identifica con el Ser y donde, por consiguiente, es contradictorio pretender que se le piensa y que se le piensa como no existiendo” [48]. Por eso el argumento del Proslogion tiene cierta garra y el mismo Gilson ha reconocido sus profundas implicaciones filosóficas, en su obra de publicación póstuma: El difícil ateísmo, sobre todo en la “resisitivité” de la Idea de Dios ante las fuerzas que intentan negarla [49]. La indestructibilidad de la noción de Dios presente en el espíritu es el obstáculo más difícil que se debe franquear en la vía de un ateísmo reflexivo. “Para mi –escribe- es la no existencia de Dios lo que plantea problema” [50].

 

Pero esto sólo es posible, si tomamos en consideración algo que ya señalamos anteriormente y que el Dr. Pérez expuso magistralmente en su libro El discurso del método medieval: “Más esa coincidencia solamente resulta posible de ser vista y afirmada desde el punto de vista metafísico y, por consiguiente, desde el punto de vista necesario de la lógica, sólo y sólo si la misma metafísica y su coherencia lógica funciona dentro de la fe como el instrumento clarificador de lo que este hombre creyente ya conoce por la fe” [51]. En Anselmo queda expuesta con total claridad la relación entre el método (fe-razón) y la metafísica.

 

Que el Ser coincida con Dios es de suma importancia, para que este Dios no aparezca ante la conciencia del hombre como su propia creación o una proyección inconciente de complejos o una necesidad hipotética de síntesis racional o una idea trascendental y dialéctica o una voluntad arbitraria y despótica o una superestructura de dominación ideológica o un tiránico espectador e inquisidor o una oscuridad tenebrosa y terrible o una nada silenciosa y solitaria, sino como la Unidad, Verdad, Bondad y Belleza, en sí misma máxima inteligibilidad y, por consiguiente, unidad de toda la realidad. Sin esta coincidencia es imposible para la razón encaminarse hacia la respuesta de la pregunta metafísica sobre lo uno y lo múltiple [52].

La existencia de Dios creída y entendida hizo a Anselmo vivir despreocupado de lo secundario orientado hacia lo esencial, siendo feliz en esta vida, pero deseando el gozo pleno de la definitiva. Escuchemos su bellísima oración al final del Proslogion: “Te ruego, Señor, haz que te conozca, que te ame para regocijarme en ti. Y, si no lo puedo plenamente en esta vida, al menos que avance siempre aquí en la tierra hasta que venga plenamente a mí. Haz que aquí aumente mi conocimiento de ti y que allí llegue a ser pleno, para que aquí mi gozo sea grande en esperanza y allí pleno en realidad. Señor por medio de tu hijo nos mandas o, más bien, nos aconsejas pedir y prometes que seremos complacidos para que nuestro gozo sea pleno. Pido, Señor, lo que nos aconsejas por medio de nuestro admirable consejero: que recibas lo que prometes por tu verdad para que mi gozo sea pleno, Dios veraz. Pido que accedas a mis ruegos para que mi gozo sea pleno. Mientras tanto que lo medite mi mente, que mi lengua hable de ello, que lo ame mi corazón, que mi boca lo predique. Que mi alma esté hambrienta y mi carne tenga sed, que lo desee todo mi ser, hasta que acceda al gozo del Señor, que es Dios trino y uno bendito por los siglos. Amén” [53].

 

Habiendo planteado las coordenadas metodológico-metafísicas ahora podemos considerar las cuestiones antropológico-morales. Según el. P. Th. André Audet el argumento no trata del proceso de Dios, sino del proceso del necio. Ya que con el insensato, del que hablan los Salmos, cambia la situación, ya no se esta apoyado en Dios, creyendo y ansiando encontrarlo, sino que se niega el supuesto al afirmar que: “no hay Dios”. Sólo entonces tiene sentido intentar demostrar que: “sí hay Dios” .

 

Esta negación de Dios al ser dicha in corde, indica que no se trata de algo puramente intelectual, ni de una idea sin arraigo en quien la sostiene. El que dice “no hay Dios” es, por tanto, un impío y se lo califica de necio, de insipiens. Notemos que en nuestro tiempo la negación no sólo es dicha en la intimidad del corazón, sino publicitada en autobuses. Parece que del Salmo 14 (13), 1 y del 53 (52), 1: “Dice el necio en su interior: «No hay Dios!»...” [54], pasamos al Salmo 10, 4: “el impío, dice altanero: «¡No hay Dios!», es todo lo que piensa”.

En la Sagrada Escritura el insensato es el que negando la acción de la providencia divina, es decir, su intervención en los acontecimientos humanos [55], viene a negar prácticamente a Dios [56]. Es necesario complementar esta idea con lo que san Pablo dice en 1Corintios 1, 17- 31 sobre la sabiduría del mundo y la sabiduría cristiana. La necedad es la actitud opuesta al “temor de Dios” que, según leemos en los Proverbios, “es el principio del conocimiento (sabiduría); los necios desprecian la sabiduría y la instrucción” [57], y que nuestro Padre san Benito coloca como primer grado de la paradójica escala de la humildad [58].

La necedad y la soberbia se abrazan, la injusticia y la barbarie se besan [59], por eso no debe asombrarnos, que después de recordar lo que dicen los necios ya sea en el corazón o en el autobús, prosiga el salmista, convertido en profeta, con una descripción de las injusticias que corrompen a la sociedad, acentuando la violencia y la opresión de los pobres, que parece tomada de cualquier periódico del día de la fecha, mostrando que no se puede fundar una verdadera cultura, ni un humanismo verdadero, sobre éstas arenosas bases.

Julián Marías explicaba que insensato es el que no tiene sentido, el que no tiene jronhsis [60]. La prudencia es un modo de saber que se contrapone a la sensación. La jronhsis  es un sentido interior o íntimo, es lo que propiamente constituye al hombre, y por eso el que carece de ella esta fuera de sí, es decir esta enajenado. Por tanto, no es casual el que Anselmo se refiera al hombre insensato y enajenado, ya que el punto de partida, en el primer párrafo del capítulo I, es el inverso: la entrada en sí mismo, el recogimiento, la plena posesión.

 

Me permito un breve, pero necesario, excursus sobre el capítulo primero del Proslogion que se divide en seis grandes párrafos, cada uno de los cuales comienza con una interjección. El párrafo más breve es el primero, que comienza con la expresión: “Eia nunc, homuncio” [61] ; trataremos de analizarla y traducirla. La interjección eia es utilizada para exhortar, para animar y para consolar; nunc es el adverbio que indica el tiempo presente, el ahora; y homuncio es un sustantivo que significa: hombrecito, o mejor aún, pobre hombre. Se trata de una exhortación dirigida a un pobre hombre, y por tanto dirigida a todo hijo de Adán, a elevar ahora, su alma a la contemplación de Dios y así alcanzar aquello para lo cual fue creado. Para lograrlo, antes de pedir el necesario auxilio divino, propone algunas condiciones previas, diez en total, señaladas por verbos en modo imperativo: fuge, absconde, abiice, postpone, vaca, requiesce, intra, exclude, quære, para finalizar repitiendo dos veces, dic, dic. Esquemáticamente:

 

1) «... huye un momento de tus ocupaciones,

2) Apártate por un instante de tus tumultuosos pensamientos.

 

3) Deshazte de las preocupaciones que te agobian y

4)      pospón tus laboriosos quehaceres.

5) Entrégate un poco a Dios y

 

6)Descansa un instante en Él.

 

7) “Entra en el aposento” de tu espíritu,

8)Ahuyenta a todo excepto a Dios y lo que te ayude a hallarle y,

 

9) “una vez cerrada la puerta”; ¡búscale!

 

10) Ahora di “corazón mío”, di todo entero ahora a Dios: “¡Busco tu rostro, Señor; tu rostro es lo que busco!”» [62].

 

En otras palabras, estas serían las preceptivas anselmianas de la meditación teológica, el decálogo y las condiciones previas para la reflexión sobre la fe. “Es indudable -subraya Pérez- que al margen de la riqueza experiencial de la vida que cada verbo encierra, es indudable, decimos, que no queda otra real posibilidad que cumplir con lo imperado si es que verdaderamente se quiere entender lo que luego dirá San Anselmo” [63].

Retomando el “hilo de Ariadna”. La prueba anselmiana consistirá entonces, para Julián Marías, en oponer a la negación del insensato el sentido de lo que dice [64] . A cada palabra le es menester un sentido y ateniéndose a ello, se puede poner de manifiesto su contrasentido. Lo que dice no lo entiende y por eso es insensato; no piensa en Dios, porque como vimos su negación es un equívoco, como afirmar que el Ser no es, ¡si lo escuchara el viejo Parménides!, por eso no sabe lo que dice, y en eso consiste su insensatez. No sin un dejo de ironía, Julián Montaño escribía sobre los “Autobuses ontológicos”: “Vamos que los de los autobuses nihilistas no las tienen todas consigo si siguen pregonando por ahí al menos la idea de Dios (para negar su existencia), y los de los autobuses apologéticos deberían convertirse en autobuses ontológicos: Sabemos que Dios es aquello de lo cual no podemos pensar algo mayor, si Dios no existiera podríamos pensar algo mayor, o sea, podríamos pensar a Dios existiendo, esto sería contradictorio, ergo Dios existe…” [65].

 

Leyendo el capítulo IV del Proslogion es posible entender como ha dicho el insensato en su corazón lo que no se puede pensar, ya que no piensa la inexistencia de Dios, porque es imposible, sino que piensa únicamente la palabra que la significa [66] Para el humiano y ateo J. L. Mackie: “...la identificación que hace San Anselmo del ateo con el insensato no es un abuso gratuito tomado del salmista: una persona tiene que ser en verdad insensata si es tan estúpida como para seguir este argumento y pasar a afirmar lo que no es posible ni siquiera concebir de manera coherente” [67] Por eso “con razón -afirma Lorenzo de Guzmán- llama la Biblia insensato o necio al que piensa que Dios no existe: o es porque no entiende lo que es Dios –en cuyo caso usa neciamente de su nombre, negando lo que no conoce- o es porque no es consecuente consigo mismo y con la lógica interna de su noción de Dios –en cuyo caso comete un pecado contra su propia razón” [68] .

 

Desde el momento en que se retorna al ámbito de la racionalidad, de la interioridad, la sensación de insensatez es superada, y el que negaba vuelve a sí, entra en la intimidad mental de su propia morada. Anselmo proponía y propone como remedio a la insensatez: la interioridad, el recogimiento, la vuelta a si mismo, según el ejemplo agustiniano y monástico. Por eso Julián Marías escribía acertadamente: “La situación de ceguera para Dios, la pérdida de la divinidad, es algo que afecta al hombre en lo que es... La fe viva al restituirnos a Dios, restituye a cada hombre su si propio, lo hace ser lo que es y saber lo que es Dios” [69].

Alguien podría argumentar que no se trata de ateos propiamente dichos, sino de agnósticos, porque dicen: “probablemente…”; pero esto nos lleva a pensar en otra faceta de la insensatez. Estos necios son científicos, hombres del pensamiento, aunque parezca paradójico. Su necedad “posiblemente” radique en no distinguir (para unir) correctamente los diversos órdenes de conocimiento, lo que los lleva a un empobrecimiento o cerrazón de su racionalidad, en una palabra, a la barbarie.

Para pensar la relación filosofía-ciencia no nos puede ayudar un medieval, pero si un moderno como Pascal que en sus Pensamientos escribía: “La distancia infinita de los cuerpos a los espíritus figura la distancia infinitamente más infinita de los espíritus a la caridad; porque es sobrenatural (...) Todos los cuerpos en conjunto, y todos los espíritus en conjunto, y todas sus producciones, no valen el menor movimiento de caridad. Este es de un orden infinitamente más elevado. De todos los cuerpos en conjunto no podría obtenerse un pequeño pensamiento: esto es imposible y de otro orden. De todos los cuerpos y espíritus, no se podría obtener un movimiento de verdadera caridad: esto es imposible y de otro orden, es sobrenatural” [70]. Algo análogo sucede entre los órdenes cognoscitivos: las ciencias, la filosofía y la teología.

La existencia o no de Dios no es una cuestión científica sino de otro orden, tratarla con el método conjetural, hipotético deductivo, es hacerle violencia y salirse del propio orden, es desorden. Porque como afirmaba escolásticamente García Vieyra: “Tampoco existe oposición entre la fe y la ciencia empírica. Solamente una falsa oposición puede tener lugar, por no precisar la naturaleza misma de los hábitos en cuestión. Al no contemplar la especificidad de los hábitos por sus respectivos objetos formales, podría originarse una confusión, que en forma mediata mostraría una falsa oposición entre cultura y santidad (entre humanismo y religión). Pero esto es consecuencia de aquel error inicial” [71].

 

Por eso nos viene a la memoria otro curioso artículo periodístico titulado “La existencia de Dios vale un millón de Euros” [72] Se trataba de una información sobre el  premio académico mejor dotado del mundo, según el prestigioso The Times , el patrocinado por la Fundación Templeton desde hace 35 años, que se incrementa anualmente, para que de ese modo siempre sea superior al Premio Nobel. Se premia al progreso en la investigación o desarrollo de realidades espirituales. El afortunado ganador de la edición 2008 era el P. Michael Heller, quien ejerce como profesor de matemáticas en Polonia, quien postuló pruebas indirectas de la existencia divina por medio de fórmulas matemáticas.

La pregunta que surge: ¿Cuál será el premio que le correspondería entonces a Anselmo por el argumento del Proslogion, sin contar con sus tres intentos previos del Monologion (por el bien, el ser y los grados del ser)? ¿Lo podremos cobrar sus herederos?. Con el dinero podríamos financiar una campaña publicitaria con el lema: “ Dios es aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado”, o simplemente “Dios es el Ser”, aunque pensándolo bien, antes deberíamos realizar otra publicitando el “creo para entender”, “fides quærens intellectum”, pero no en autobuses que van y que vienen contaminando el ambiente, sino en el “cor rationale” de cada creyente que retorna a su Casa Paterna.  Vale.

(Basado en un articulo de la revista electrónica Arbir del nº 120, de Pedro Edmundo Gómez, osb).

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